6 de diciembre de 2022

“No es un soplo la vida”, poemario de Daniel Beltré: una interpretación (5 de 8)

Escritor Virgilio López Azuán

Por Virgilio López Azuán

A la hora del delirio

En el poema “Delirium” se retoma la voz de Adán de manera más expresiva, ya que en los poemas anteriores por un momento el personaje se difumina, se esfuma o quizá se transmuta. “¿Dónde estás que no vienes a rescatarme?”, proclama, y el sujeto sigue siendo Eva o su simbolismo. 

En seguida el autor formula una pregunta que resulta ser muy larga como si le vaciara toda una descarga de soledad proclamada: “¿Qué será de mí, amador de piedras, / si la vida se hace olvido, / si se borran los caminos de este escondite / donde me confinaron los dioses / vengativos / despechados; / los dioses que ahora me niegan / tan solo por haber hurtado en mi último sueño / a su hada pretendida?” (pág. 81).

Aquí tratamos con una Eva pretendida por los dioses, es una lucha de dioses contra un ángel o un hombre que, en un delirio, en un onirismo pasional ha hurtado a la mujer que no es más que otro ángel: “¿Acaso olvidas que esta vida sirve para mirarte, /  para dormirme en tus ojos, mientras acaricio como cuerdas de arpa las costuras de tus alas?” (pág. 81).

El delirio se convierte en órdenes o ruegos: “Procúrame”, “Acércate”, “Ven, reclámame”; “aturde con tus ojos a las deidades” (pág. 82), porque “lo que pueden tus ojos no lo puede la muerte” y “no dejes que me trague el laberinto de los dioses” (pág. 83). Si logra el propósito de vincularse con Ella, el ángel, sería capaz de vencer a los dioses que lo tienen desterrado del paraíso, solo con: “…si me tocan, no hay deidad que sobreviva a tu encanto” (pág. 83).

Los ruegos continúan a lo largo de las doce estrofas que conforman el poema y dice quiénes lo tienen en ese cautiverio: “… pero ven a deshacer el cautiverio / en que me sumen las divinidades” (pág. 84). De quien se habla es de una diosa de los dioses, capaz de ordenarle, “…ordénale al sol que disponga mi regreso” (pág. 85), porque Ella mantendrá controlados a esos dioses solo con su destello, con su esplendor: “… no habrá corazón divino capaz de sublevarse a tu alado celaje,” (pág. 85).

Ruega que Ella pida a las deidades su liberación, en la ruta del agua, evocando el origen de las cosas, que estas provienen del agua, proclamado por Tales de Mileto y que Anaximandro de Mileto, se cansó de ese postulado y genera su idea del ápeiron: “… pide a las deidades liberarme en las rutas del agua / donde habitan las diosas del rocío” (pág. 86).

En la estrofa diez del poema existe una mezcla tanto del relato bíblico hebreo como de los mitos griegos: “Ven, / desciende al barro que me espera; / apresúrate que me reclama el hades /, o quizás, el limbo perdido de los paraísos” (pág. 90), “las últimas hojas del árbol prohibido” y “Todo está consumado”. La referencia del hades es en franca alusión al dios del inframundo griego; los paraísos, el árbol prohibido y todo está consumado, al Génesis y a la frase de Jesús en el Calvario proveniente del Nuevo Testamento.

En el último verso queda claro a qué tercer día alude el poeta, para proclamar: “He consentido morir sin que medie el tercer día / a cambio de seguir soñándote” (pág. 91). Ese tercer día aludido no es más que el día de la resurrección de Jesucristo.

Por lo tanto, compromete no solo la vida, también la posibilidad de resucitar. ¿Hasta dónde es el encantamiento del Adán, del hombre, del ángel, del poeta, o de quien sea el personaje encarnado? Este canto concluye con le evidencia de un delirio, consiente morir a cambio de soñarla, de estar con Ella, en ese espacio onírico de la muerte: “Despacio amor, que despierta la muerte” (pág. 93).

En los poemas de Daniel Beltré no solo se expresa la búsqueda de la libertad o realización del ser, sino que esta se manifiesta por medio del vínculo de seres, por medio de la entrega, como se percibe en “Unus”, cuando dice: “Mirarte es darte esta memoria que mis ojos llevan dentro” (pág. 94) o “Tocarte es todo, / es hacer de los dos tan sólo uno” (pág. 94).

También, esos poemas se derraman en evocaciones, contemplaciones, ruegos, magias, encantos, milagros, glorias, travesías, rescates y tránsito hacia lo permanente. En ellos se despliegan las albricias y ese júbilo de los seres en plenitud. 

Volver al principio de las cosas

 Quizá el poema más prometedor para ahondar mundos ontológicos, filosóficos, teológicos sea “La nada hecha ser”, pero no es así, existen otros del poemario con mayor fuerza reflexiva, mayores motivos para el asombro y, sobre todo, una fluidez estética mejor lograda. Cuando tratamos los temas de la nada y el ser; y mejor, cuando la nada se hace ser, estamos frente a conceptos que pusieron a sudar razones a muchos filósofos y pensadores de la antigüedad y modernos. Sin entrar en detalles solo el hecho de considerar al ser lo mismo que la nada contrapone innumerables tesis.

No está claro a lo largo de las diez estrofas cuándo la nada se hace ser, cuándo se produce la transmutación. En los planos filosóficos u ontológicos debiera haber una explicación, vista por medio de la justificación estética o la razón poética.No existe ese “cordón umbilical” que vincule a la nada con el ser en el poema.

Porque está claro para el poeta, la nada es una cosa y el ser es otra, no como consideran algunos teóricos que la nada y el ser son uno mismo. La nada es externa al ser: “Nadie conoce los caminos de la nada, los caminos infinitos de la nada” (pág. 121). Existe la nada y existen quienes no conocen sus caminos: “Los hemos recorrido en ausencia de testigos oculares, / montados sobre la más desconocida de las soledades / sin envolturas, sin lengua, / sin cordón umbilical ni sobresaltos” (pág. 121).

Esto justifica la falta del vínculo, aquí el “vínculo es utopía”, para que la nada se trasmute en el ser deben existir al menos vasos comunicantes, reflexionado desde la filosofía o la poesía misma. En el caso que seguimos puede que el ser, aparte de sospecha es el trabajo más perfecto del pecado: “… si solo llegamos a ser sospecha / el trabajo más perfecto del pecado que deambula sin nombre / por los trillos misteriosos del barro” (pág. 122).

Las palabras “pecado”, “barro” y “perdón” nos llevan al relato cristiano, al cual ya el autor nos tiene acostumbrados como fundamento o como dogma: “El pecado es herencia infinita y gruesa / inaceptable a beneficio del inventario” (pág. 126) y “El hombre es jinete del pecado” (pág., 127) y; por último, refiere al hombre que ha venido: “… para construir el perdón de sí mismo” (pág. 127).

Cuando se construye el perdón, que sería el acto de consumación entre la nada y el ser (reitero sin que quede claro en el poema ese tránsito) se eterniza la luz y se besa lo infinito, quizá lo eterno, siguiendo la promesa cristiana: “… mientras la luz se eterniza y el día besa lo infinito” (pág. 127).

Lo anterior supone la auto realización del ser, al encuentro de sí mismo: “Encontrarse a sí mismo es regresar al primer grito” (pág. 130) como lo expresa en el poema “Ceniza”. Pero nos detendremos en ese poema. Encontramos este verso: “… aún estamos atado al cordón umbilical que impidió que cayéramos en la nada” (pág. 130). Esto parece ser una contradicción ya que en el poema “La nada hecha ser”, se explica que se han recorrido los caminos de la nada “sin cordón umbilical ni sobresaltos”.

El poeta dice que encontrarse a sí mismo “Es volver a los restos de lo que somos” (pág. 130) de donde surgió el primer grito, donde éramos “una ilimitada negación / a esa ilimitada negación que forjara este complicado cuadro / que va cediendo a los apuros de la materia” (pág. 130).  Si la ilimitada negación referida por el poeta es la nada, entonces ¿tenemos que negarnos para poder ser?

Deseo tomar este verso: “El hombre ha llegado de la nada, / se cansa” (pág. 125) y rescatar este otro: “El hombre es jinete del pecado” (pág. 127). Como se aprecia en estos casos el ser está representando al hombre, al humano. O existe una relación dual hombre-ser.

El hombre (o el ser) es quien transporta el pecado. De lo que se está seguro es de la existencia del pecado, pero no se sabe nada del amor: “No sabemos en qué día se hizo el amor” (pág. 124), que es superior a la luz, que invade los puertos: “…no sabemos si se trata de una noticia mutilada / superior a la luz misma, pero el amor invade el puerto / y agita sus pañuelos…” (pág. 124). Entonces, aquí el poeta no plantea la eternidad del ser, sino quien es eterna es la luz. “…mientras la luz se eterniza y el día besa el infinito” (pág. 127). (Continuará). El autor de escritor y académico.

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