25 de mayo de 2024

Reflexiones sobre poesía: ¿Tránsito y culmen a lo posible? (III)

Escritor Virgilio López Azuán

Por Virgilio López Azuán

¿Cómo es posible que reacciones químicas cerebrales, que son partículas, puedan producir actividades anímicas, por ejemplo: la memoria, aprendizaje, recuerdos y conciencia, sin que estén dotadas de algún “sustrato material”? ¿Intervendrán antipartículas? Estas preguntas son formuladas a partir del conocimiento científico, descartando la intervención divina, que independientemente puede ser un argumento de nuestros lectores.

Habría de plantearse la comprobación de la existencia o inexistencia de ese “sustrato”, tomando en cuenta los planteamientos teóricos de Vopson. Algunos estudios han revelado como se almacenan “datos” en el cerebro humano, como se fijan los recuerdos, constituyentes de la memoria, que forma la huella genética y cultural. También, como actúa el cerebro ante tal o cual estímulo. Tanto así, que al mirar una película de ficción, terror, misterio u otra naturaleza, el cerebro lo procesa como si los sucesos fueran reales.

Las palabras, ya sean orales o escritas, están dotadas de vibraciones que activan los sistemas de ignición del cerebro. Los psicólogos lo saben bien: son herramientas de su trabajo, de carácter terapéutico. Con ellas mitigan ansiedades y propician estados de calma. Entonces, más allá de esas vibraciones, ¿hay algo más de lo conocido hasta ahora?.

Una pregunta al margen: ¿Las palabras escritas y los símbolos están dotados de vibraciones? Sería un buen tema para profundizar en esos estudios. Mientras tanto, diremos que la imagen visual, envía estímulos, se activan zonas cerebrales y se produce la transmutación interpretativa asociada con los códigos lingüísticos y no lingüísticos —y las huellas que estos registran —, tanto en el consciente como en lo inconsciente.

Diversos estudios explican que, al pronunciarse una sílaba, palabra o frase, la actividad neuronal oscila en cierto nivel de frecuencia. No todos vibraríamos en la misma frecuencia, pero hay mucha semejanza, capaz del desciframiento de códigos.

En diversas culturas, la palabra madre, está asociada a la palabra amor. También, la palabra Dios se asocia con el amor. Pero el cerebro humano no procesa las mismas frecuencias vibratorias para los dos casos. Todo lo contrario, cuando se refiere a Dios, no se refiere al concepto madre, sino a una figura paterna.

En ningún caso, parte de la cultura occidental asocia a la palabra padre con amor. Se puede inferir que esto sucede producto de una construcción cultural de tales términos. En la antigüedad y hoy en día también se han venerado a divinidades femeninas como la madre Tierra, y hasta hermafroditas, como Agdistis, que era una deidad o figura mitológica griega, romana y de anatolia, con naturaleza andrógina.

Sin ampliar en orígenes causales

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No entraré en detalles de los orígenes del impulso nervioso ni la neurogénesis[1] (proceso de generación de nuevas neuronas) en el individuo humano, lo cual está bien estudiado y descrito por expertos; pero sí, dejar constancia, de que su proceso sirve de base para soportar parte de este discurso textual.

Sin embargo, citaré que “Cuando un impulso nervioso alcanza estas (las) terminaciones motoras, se libera una sustancia llamada acetilcolina. Esta sustancia se combina con su correspondiente receptor y provoca los cambios necesarios en la membrana de la célula muscular para causar la contracción del músculo”[2].

Para el caso del habla, a diferencia, se “presentan sutiles problemas de sincronización” en la realización de estos movimientos. O sea, que el mecanismo para la emisión de sonidos en el habla es bastante complejo por el movimiento de la lengua, y mucho más sería cuando se analizan los estados vibratorios que pueden generar cierto grado de placer.

Siendo así, pensaríamos que al escuchar una canción que modula estados vibratorios y puede generar placer, se “siente” placer estético. Aunque el pentagrama musical con sus múltiples posibilidades sónicas con armonía y melodía, genere placer, puede que muchos no logremos percibir y “sentir” placer estético, porque nuestros arquetipos musicales no están sincronizados en el inconsciente colectivo.

De ahí los gustos y preferencias por tal o cual ritmo. Dije ritmo. Eso es, no tenemos todos, el mismo biorritmo. Por eso no todos percibimos las cosas de la misma manera. La percepción y el nivel de sensibilidad están muy relacionados. Immanuel Kant (1724-1804) dice en su texto Lo bello y lo sublime (1764) que “es imposible llegar a sensaciones análogas, porque tampoco es análoga la sensibilidad”[3].

Los poemas, recitados o escritos, no son agradables para muchos, aunque sean buenos poemas, aunque haya una carga poética de alto nivel estético. Entonces, ¿el placer estético o el estado poético pueden que no sean alcanzados por la lectura o la lengua oral?

No todos los individuos humanos pueden alcanzar estados de placer y menos poéticos por medio de la lectura o el discurso oral. Eso depende de diversos factores, entre ellos la frecuencia biovibratoria del individuo, la cultura, su contexto, preferencias, estados de ánimo, etc.

La palabra y el ejercicio mántrico

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Desde tiempos ancestrales se ha recurrido a la palabra como ejercicio mántrico en múltiples prácticas. Incluso, existen mantras que forman parte de los arquetipos de lo inconsciente, los cuales son expresados conscientemente y en determinados momentos de forma automática. Algunos de ellos eran y son utilizados para actos de magia, cuando esta práctica y el mito forman parte dominante de esquemas de creencias, mentales y de pensamientos. 

Actualmente, algunas agrupaciones esotéricas los utilizan dentro de sus rituales como una práctica de desarrollo espiritual. Ejemplo: Om shreem maha Lakshmiyei Yamaha es un mantra que llama a la diosa hindú de la riqueza, Lakshmi, a otorgar prosperidad tanto mundana como espiritual. El mantra, ¡Ay!, expresa diversos movimientos del ánimo, dolor y aflicción.

Su pronunciación prolongada es como una exclamación automática de una caída al vacío. ¡Aun!, ¡Ábrete Sésamo!, y ¡Faraón!, son muy conocidos en círculos esotéricos. Toda existencia sería una especie o amalgama de “estados vibrantes” en diferentes dimensiones del espacio-tiempo. Es una mixtura de diferentes mantras. Es ahí que se concibe al ser humano como un ser lingüístico, creador.

Muchos de estos vocablos o frases —utilizados en el ejercicio mántrico— provienen del sánscrito y han perdido terreno ante el desarrollo de las ciencias y las prácticas culturales. La ciencia irrumpe en búsqueda de la explicación de los fenómenos, donde, siguiendo determinados métodos, ofrecen los mismos resultados.

Esta práctica dio un revés a los misterios, develando muchos y despojándolos de “verdades” conocidas hasta el momento. La ciencia tuvo impacto en el mundo occidental, mientras que la magia lo hizo más en el mundo oriental. Por ello se vincula el vocablo “palabra” con magia o “maravilla de la creación”, como ya se había expresado.

Podría pensarse que un estado de equilibrio, un incremento o disminución de las sustancias químicas (neurotransmisores) del cerebro y del cuerpo, provocarían un mecanismo de catarsis con una avenida a lo poético. Eso es una posibilidad desde una explicación causal.

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Si apelamos a los principios teóricos, difícil de cuantificar, de lo acausal, desde bases arquetípicas, como las planteadas por Carl Jung (1875-1961), en su ensayo La sincronicidad (1964), se puede inferir, que cierta creación poética no tiene su origen en los procesos conscientes que acostumbramos a definir, sino en una supraconciencia o conciencia trascendente. Si esto ocurre, estaríamos, sin dudas, presentes ante una “maravilla de la creación”.

¿Qué produce la poesía?, ¿será el resultado de un sustrato desconocido de la psique?, ¿de un acto divino?, ¿del producto de principios a causales que desconocemos?. El autor es escritor y educador@VLopezAzuan.

[1] Arias-Carrión, O., Olivares-Bañuelos, T., & Drucker-Colín, R. (2007). Neurogénesis en el cerebro adulto. Rev Neurol, 44(9), 541-50.

[2] Obler, L. K., & Gjerlow, K. (2001). El lenguaje y el cerebro. Ediciones AKAL.

[3] Kant, Immanuel, (1919) Lo bello y lo sublime: ensayo de estética y moral / M. Kant; la traducción del alemán ha sido hecha por A. Sánchez Rivero (en formato HTML). Publicación: Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2004.

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